Introducción
Sam Loyd, el
más grande creador de acertijos de los Estados Unidos, nació en Filadelfia el
30 de enero de 1841. Tres años más tarde su padre, un acomodado agente
inmobiliario, se estableció en Nueva York, donde Sam asistió a la escuela hasta
los diecisiete años. Era un joven alto, delgado, silencioso e individualista,
hábil en artes tan curiosas como los conjuros, la mímica, el ventrilocuismo, el
ajedrez y el recorte rápido de siluetas en hojas de papel negro. Los propósitos
de cursar la carrera de ingeniería civil se evaporaron a medida que crecía su
interés en el ajedrez. Bertrand Russell señaló en una oportunidad que a los
dieciocho años estaba tan apasionado por el ajedrez que se obligó a
abandonarlo, pues, de otro modo, jamás haría ninguna otra cosa. Si Lloved hubiera tomado una decisión similar, tal vez hubiese sido un eminente
ingeniero, pero en ese caso el mundo se habría empobrecido en otro aspecto, ya que
la matemática recreativa (de la que se puede decir que incluye el ajedrez y
también los acertijos matemáticos) es una forma de juego intelectual, ¿y quién
se atrevería a afirmar que el juego es menos esencial a la vida que los misiles
dirigidos o la bomba atómica? San aprendió a jugar al ajedrez a los diez años.
A los catorce se publicó su primer problema de ajedrez, en el New York Saturday
Courier, el 14 de abril de 1855, y en pocos años se le reconocía como el mejor
compositor de problemas de ajedrez de todo el país. En esa época existía un
enorme interés popular en el ajedrez, y los periódicos publicaban regularmente
una columna con problemas enviados por los lectores. Lloved colaboró con casi
todas las publicaciones, ganando premio tras premio gracias a sus ideas
ingeniosas y poco convencionales.
PROBLEMAS ARITMÉTICO Y ÁLGEBRA
Regateando en manila
¿Cuánto pierde el abastecedor? El comercio del
cáñamo o soga de Manila, la industria más importante de las islas Filipinas,
está controlado en gran medida por exportadores chinos que envían por barco
estos productos a todas partes del mundo. Los pequeños comerciantes son
japoneses que se caracterizan por una peculiar manera de conducir el negocio,
especialmente su propio negocio.
La carencia de una moneda establecida o de
precios fijos convierte cada transacción en una contienda. El siguiente
acertijo muestra cuál es la manera habitual de cerrar un trato. Omitiendo la
lengua vernácula, diremos que un marinero chino entra en un almacén de sogas y
pregunta: - "¿Puede usted indicarme dónde hay un negocio respetable que
venda buena soga'?"
El comerciante japonés, tragándose el insulto
implícito, dice: - "Yo sólo tengo la mejor, pero la peor de las que tengo
es seguramente mejor que la que usted desea". - "Muéstreme la mejor
que tenga. Puede servirme hasta que encuentre otra mejor. ¿Cuánto pide usted
por la soga gruesa?" -
"Siete dólares el ovillo de cien pies de
longitud". - "Una soga demasiado larga y demasiado dinero. Jamás pago
más de un dólar por una buena soga, y ésta está podrida". - "Soga
común", replica el comerciante, señalando el sello intacto que garantiza
la longitud y la calidad. "Si tiene usted poco dinero, llévese lo que
precise por dos centavos el pie.” - "Corte veinte pies", dice el
marinero, y ostentosamente extrae una moneda de oro de cinco dólares para demostrar
que puede pagar.
El abastecedor mide veinte pies con un exagerado despliegue de
ansiedad destinado a mostrar al marinero su preocupación por medir con
exactitud.
El marinero advierte, no obstante, que la vara de medir, supuesta mente de una yarda de largo, tiene tres pulgadas de menos, ya que ha
sido cortada en la marca de las 33 pulgadas. De modo que cuando la soga está
cortada, señala la parte más larga y dice: - "Me llevaré estos ochenta
pies.
No, no es necesario que me los envíe. Yo los llevo". Después arroja
la falsa moneda de cinco dólares, que el comerciante va a cambiar al negocio
vecino. En cuanto recibe la vuelta, el marinero se marcha con la soga. El
acertijo consiste en decir cuánto ha perdido el abastecedor, suponiendo que se
le reclame que reponga por una buena la moneda falsa, y que la soga costara
verdaderamente dos centavos el pie. (Se recuerda que 1 yarda = 36 pulgadas y 1
pie = 12 pulgadas).
Respuesta Los
primeros 18 pies de soga que midió el abastecedor tienen 3 pulgadas de menos
por cada yarda, o un total de 1 pie y 1/2 de menos.
Nada se pierde en los dos
últimos pies, ya que la vara de medir sólo es más corta en un extremo. Por lo
tanto, el abastecedor da al marinero 81 pies y 1/2 de soga, que a 2 centavos el
pie hace un total de $1,63. Por esta cantidad recibe $1,60 (80 pies a 2
centavos el pie), que le es pagado con una moneda falsa de cinco dólares. El
abastecedor le da al marinero $3,40 de vuelta. Esto sumado a su pérdida de
$1,63 de la soga, hace una pérdida total de $5,03. El hecho de que un vecino le
haya cambiado el dinero falso no tiene nada que ver con sus ganancias o
pérdidas.



